Misas una cum: respuesta a Maxence Hecquard
El 25 de febrero de 2025 apareció en el sitio contre-revolution.fr un artículo de Maxence Hecquard titulado "Misas una cum: algunas explicaciones a mis amigos". En él, el autor pretende legitimar la asistencia a misas realizadas en comunión con Mario Jorge Bergoglio, alias Francisco, por parte de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.
Ante unas palabras tan injuriosas hacia la majestad divina como peligrosas para la salvación de las almas, me habría sido imposible no responder a la mayor brevedad. Que el autor profane él mismo el santo sacrificio "con toda discreción" es una cosa, pero que incite a otros a hacer lo mismo legitimando este abuso en un artículo es otra.
Es probable que, en privado, él mismo se vea acorralado por la crítica hasta el punto de tener que justificar su propia actitud y que no busque promoverla activamente. En definitiva, da igual, puesto que no somos jueces de sus intenciones. Buenas o malas, estas conducen de todos modos a las mismas consecuencias desastrosas.
Antes de entrar en materia, quiero, en primer lugar y muy brevemente, explicar la naturaleza de mis motivaciones. Mi objetivo no es en absoluto entrar en conflicto abierto con Maxence Hecquard. Teniendo la oportunidad de tratarlo personalmente, reconozco gustosamente que es muy simpático y sin duda más agradable en compañía que este servidor.
Sin embargo, amo al Señor, como me ha mandado, más que a mi padre y a mi madre para ser digno de Él. Por tanto, sobra decir que lo prefiero aún más a Maxence Hecquard. Deseo sinceramente que mi respuesta sea acogida por el principal interesado como una humilde exhortación fraterna, pero no tengo intención alguna de edulcorar el contenido de mis palabras. Abajo el respeto humano, no guardaré silencio ante un hermano que se ha alejado del camino recto y que busca arrastrar a otros con él.
No es sorprendente ver que esta mentalidad rampante "una cum friendly" gana terreno, en particular entre aquellos que están desgastados por esta interminable crisis. No obstante, solo sentiría desprecio por mí mismo si guardara silencio ante lo que es sin duda la ideología más viciosa y amenazante hacia el sedevacantismo. De la misma manera que una sola impureza basta para contaminar el vaso de agua más puro, lo que parece ser para muchos solo un ligero compromiso de circunstancias basta para corromper toda la fe.
El ejemplo que da Maxence Hecquard es tanto más perjudicial cuanto que es un hombre estimado por un gran número de personas. Las almas ingenuas y mal informadas serán, en efecto, mucho más propensas a dejarse arrastrar hacia su perdición si su seductor viene de nuestras propias filas y confían en él.
Aunque lo aprecio sinceramente, que este hermano en Jesucristo no se sorprenda, por lo tanto, de que me exprese como de costumbre con cierta mordacidad. Por caridad, procuraré, no obstante, mostrar cierta moderación, aunque, me temo, mi estilo ya duro no permita apreciar el esfuerzo. Confieso gustosamente que me es más fácil manejar el hacha que el pincel.
Preciso además que, en un principio, esperaba publicar este artículo en el sitio contre-revolution.fr para que solo llegara al pequeño número que ya había leído el artículo de Maxence Hecquard. No buscando en absoluto dar que hablar, deseaba ante todo evitar un enfrentamiento demasiado visible. Habiéndome negado el autor de este blog este, entre comillas, derecho de réplica, no tengo otra opción que publicarlo en mi canal de YouTube.
Dicho esto, las corteses hostilidades pueden comenzar.
Controversia
Maxence Hecquard introduce la presente controversia en estos términos: "Pero he aquí que el sedevacantista que pretendo ser aún frecuenta la misa de Saint-Nicolas-du-Chardonnet y mis hijos están inscritos en escuelas de la Fraternidad San Pío X. ¿Traición? ¿Liberalismo culpable? ¿Rechazo de las exigencias del combate no-una cum por afán de comodidad? Debo dar explicaciones".
Un poco más abajo, añade: "Si Jorge Bergoglio es el hereje que denuncio, ¿cómo puedo no ver con Mons. Guérard des Lauriers el sacrilegio de los santos misterios celebrados en comunión con él? Aparentemente no tengo excusa. ¿Soy entonces sacrílego y cismático?".
Para intentar disculparse, Maxence Hecquard va a intentar apoyarse en el doctor angélico.
Lo esencial de su argumentación se basa en el siguiente extracto: "Con su claridad habitual, Santo Tomás de Aquino nos da la definición de sacrilegio: 'El pecado de sacrilegio consiste en que alguien se comporta de manera irreverente con algo sagrado'. (Suma Teológica 2a 2ae, 99, 3 c.)
Santo Tomás es además particularmente severo: "Todo pecado que comete una persona sagrada es materialmente y como por accidente un sacrilegio. De ahí que San Jerónimo diga que las palabras frívolas en la boca de un sacerdote son sacrilegios o blasfemias. Sin embargo, formalmente y propiamente, el único pecado de una persona sagrada que es un sacrilegio es aquel que se hace directamente contra su santidad: por ejemplo, si una virgen consagrada a Dios fornica". (ibidem ad 3um)
Para Santo Tomás, por tanto, no hay sacrilegio formal a menos que la voluntad de irreverencia sea formal. ¿Quién pretenderá que los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X celebran la misa en comunión con Bergoglio porque es hereje y "en estado de cisma capital"? ¿Quién les acusará de querer, mediante el una cum, atentar conscientemente contra la majestad del Santo Sacrificio? Los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X denuncian la herejía del Vaticano II."
Desgraciadamente, este intento de justificación es pura y simplemente inadmisible. En el artículo invocado de la Suma Teológica, Santo Tomás afirma que "el pecado de sacrilegio consiste en que alguien se comporta de manera irreverente con algo sagrado". Maxence Hecquard realiza entonces un deslizamiento semántico lejos de honrar su inteligencia al hacer decir al doctor angélico lo que no dice, a saber, que no habría "sacrilegio formal a menos que la voluntad de irreverencia sea formal".
Esta conclusión sería totalmente exacta si la expresión "irreverencia formal" conservara en la boca de Maxence Hecquard el mismo sentido que en la del santo dominico. Ahora bien, ya no es en absoluto el caso. En efecto, nuestro amigo amplía la noción de irreverencia formal hasta el punto de desfigurarla completamente.
Según él, la irreverencia sería formal cuando estaría caracterizada por una voluntad expresa de hacer el mal en tanto que mal. Es este razonamiento inverosímil el que le permite así eximir de sacrilegio formal a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X. Mientras estos no celebraran la misa en comunión con Francisco Iscariote precisamente porque es un hereje y en estado de cisma capital, nada podría reprochárseles.
Ahora bien, ¿no afirma Santo Tomás, siempre en el mismo artículo de la Suma Teológica, muy claramente que una virgen consagrada cometería un sacrilegio al fornicar? ¿Ha precisado aquí que esta virgen adúltera estaría exenta de sacrilegio mientras no tuviera la intención subjetiva de fornicar con el objetivo preciso de profanar su propio cuerpo, sino simplemente por placer? Ciertamente, no.
Las palabras de Maxence Hecquard no se sostienen y me cuesta creer que un hombre tan instruido pueda profesar una tesis tan -me atrevo a decirlo- disparatada. En el caso de que tuviera razón, debería entonces aplicar los principios que subyacen a su argumentación a todo tipo de sacrilegio.
¿Se atrevería el autor a pretender así que un sacerdote que usara hostias consagradas como un vulgar alimento no cometería ningún sacrilegio con el motivo de que su intención habría sido saciar su hambre y no profanar estas hostias consagradas en tanto que son el cuerpo de Cristo?
¿Se atrevería aún el autor a afirmar que aquel que mintiera durante una confesión no habría cometido ningún sacrilegio porque deseaba solamente ocultar un hecho del que se avergüenza y que no buscaba mentir para abusar expresamente del sacramento de la penitencia?
Es evidente que en el tribunal de la recta conciencia, el jurado de la razón no sabría escuchar la defensa de Maxence Hecquard. Este es tanto más inexcusable cuanto que reconoce sin pena la espantosa verdad:
"Evidentemente que la misa una cum un hereje tiene la materia de un sacrilegio. Pero también hay materia para sacrilegio cuando el sacerdote tiene las manos sucias o los ornamentos rasgados, cuando no ha respetado el ayuno, no sigue las rúbricas o tiene graves pecados en la conciencia. Pero sin la forma del pecado, es decir, la irreverencia voluntaria, el sacrilegio simplemente no existe".
Maxence Hecquard admite por completo que el santo sacrificio está manchado de un sacrilegio material desde el momento en que se rinde en comunión con un hereje. Su justificación se basa, pues, en la distinción entre sacrilegio material y sacrilegio formal.
En lugar de convencernos de que las misas una cum dadas en la Fraternidad San Pío X son irreprochables, prefiere acomodarnos al sacrilegio. Una vez más, desde el momento en que ningún sacerdote ni fiel participa o asiste a estos oficios una cum Francisco Iscariote en tanto que es un enemigo de la Iglesia, no existiría ninguna irreverencia voluntaria. Me quedo sin palabras...
Lo que vale para un sacrilegio vale para todos los sacrilegios y lo que vale para todos los sacrilegios vale también para todo tipo de pecado. Y de hecho, Maxence Hecquard habla él mismo de la forma del pecado, haciendo así una distinción no ya solo entre sacrilegio material y formal, sino también entre pecado material y pecado formal. ¿Y cómo podría ser de otra manera puesto que un sacrilegio es pecado por naturaleza?
Apliquemos, pues, esta teoría -más cercana al modernismo que al catolicismo- a todos los crímenes: ¿quiere divorciarse? No debería haber ningún problema mientras no lo haga precisamente para atentar contra la santidad del matrimonio, sino simplemente para disfrutar de la vida. ¿Quiere quemar la casa de su vecino? Sea discreto, pero esto no debería reprochársele el día de su juicio mientras lo haga solo para poner fin a las molestias sonoras y no para cometer este acto reprensible en tanto que acto reprensible.
Cualquier persona de buena voluntad lo comprenderá fácilmente, esta noción desfigurada de irreverencia voluntaria en el sentido en que Maxence Hecquard quiere entenderla no es otra cosa que el puro producto de su imaginación. ¿Cómo la Iglesia de Dios, cuyas leyes y costumbres están impregnadas de un respeto tan grande por Dios, habría podido afirmar que un sacerdote que ha pisoteado voluntariamente el ayuno eucarístico, ignorado las rúbricas o dicho la misa en estado de pecado mortal no habría cometido ningún sacrilegio porque no lo hacía con el propósito específico de atentar contra el sacramento?
Si la verdad está del lado de Maxence Hecquard, entonces llevemos de nuevo su lógica hasta el final: puesto que no hay pecado formal sin una voluntad decidida de hacer el mal en tanto que mal, entonces el sacerdote puede bien, siempre sin hacerse culpable de sacrilegio, decir la misa en calzoncillos, y ya puestos, escuchando rap y comiendo algo durante todo el tiempo.
¿Cree usted, querido Maxence, que Matthieu Jasseron -el falso sacerdote modernista más conocido como padre Matthieu- no cometía ningún sacrilegio cuando hacía de DJ en el altar? Es evidente que no lo hacía con el propósito preciso de profanar el altar, sino muy probablemente para divertir a la galería. Quizás incluso lo hacía con la esperanza sincera de atraer almas hacia Cristo. ¿Y qué, iríamos incluso hasta decir que tal acto le habría valido algunos méritos ante Dios?
Nadie -salvo algunas raras excepciones- comete nunca ni sacrilegio ni pecado de ninguna clase con la intención precisa de hacer el mal en tanto que mal. Si el pecado material no se convirtiera en formal más que bajo esta condición, entonces tendríamos que decir, con Francisco Iscariote y el pseudo-cardenal Fernandez, que el infierno está vacío.
Un razonamiento solo vale si, después de haber sido llevado hasta el final, no es convencido de falsedad. La incapacidad de Maxence Hecquard para justificar todas las abominaciones que se derivan lógicamente de su propia posición demuestra que está en el error.
En el catecismo de San Pío X de 1912, en la pregunta 276, leemos: "¿El que, sabiendo que no está en estado de gracia, recibe un sacramento de los vivientes, comete un pecado?". A lo que el santo pontífice responde: "El que, sabiendo que no está en estado de gracia, recibe un sacramento de los vivientes, comete un pecado muy grave: el sacrilegio, porque recibe indignamente una cosa santa". En ningún momento se habla aquí de querer profanar el cuerpo de Cristo con una irreverencia voluntaria -siempre en el sentido en que el autor de esta controversia lo entiende-.
Si esto no basta, que tome conocimiento también de la pregunta 337 de este mismo catecismo: "¿El que comulga con la conciencia de un pecado mortal recibe a Jesucristo?". Respuesta: "El que comulga con la conciencia de un pecado mortal recibe a Jesucristo, pero no su gracia; comete, al contrario, un horrible sacrilegio y merece la condenación". Una vez más, nunca se ha tratado en toda la doctrina católica de querer cometer un sacrilegio voluntariamente, sino simplemente de cometerlo para que sea formal.
Para clavar el clavo, me permito aún mencionar la pregunta 409: "Al contraer Matrimonio, ¿deben estar los esposos en estado de gracia? Al contraer Matrimonio, los esposos deben estar en estado de gracia, si no cometen un sacrilegio". Tampoco aquí se trata de buscar profanar el matrimonio en tanto que matrimonio, sino simplemente de no cumplir la condición más elemental para la recepción de este sacramento.
La irreverencia voluntaria, la verdadera (y por tanto el sacrilegio formal), no consiste así solo en el hecho de decir la misa en comunión con Bergoglio porque es hereje, en estado de cisma capital o aún para atentar conscientemente contra la majestad del Santo Sacrificio.
La irreverencia voluntaria y el sacrilegio formal son manifiestos para el oficiante como para el asistente desde el momento en que saben que Bergoglio es hereje, en estado de cisma capital y que, por ello, la majestad del santo sacrificio es dañada.
Desde el momento, pues, en que el sacerdote conoce la reverencia que se debe tener por el cuerpo y la sangre del Señor (y la conoce), consagra las santas especies sin haber tenido en cuenta el ayuno, su estado de pecado mortal o cualquier otra cosa que no está en derecho de negligir, comete un sacrilegio formal. No necesita hacer el mal porque quiere hacer el mal. Le es simplemente necesario hacerlo sabiendo que el acto mismo es malo.
El único caso en el que el sacrilegio sigue siendo material y por tanto no caracterizado -como para todo tipo de pecado por lo demás- es cuando comete un acto objetivamente malo sin tener conciencia de ello (lo que implica una buena fe absoluta o un olvido excusable): un tiempo de ayuno mal calculado, ropas de las que no se habría visto el desgarro, manos sucias a pesar de la prudencia usual, etc.
Aunque este caso es difícilmente admisible hoy en día, se puede incluso decir que un sacerdote que estuviera convencido de buena fe de la catolicidad de Bergoglio no cometería sacrilegio al decir la misa una cum este impostor. Fuera del olvido y la buena fe absoluta, no hay excusa para el sacerdote como para el fiel. El grado de culpabilidad varía en función del estado de ignorancia de la persona concernida, pero la falta permanece.
Complacencia culpable
Además del aspecto teológico erróneo de su tesis, hay otro igualmente terrible. Aun cuando las misas una cum Bergoglio estuvieran manchadas solo de un sacrilegio material, ¿cómo un católico que ama a Dios con todo su corazón puede, en cualquier caso, acomodarse a esta idea? ¿Cómo un fiel discípulo de Jesucristo puede, con pleno conocimiento de causa, aceptar tomar parte en un sacrilegio material? ¿Qué santo, en toda la historia de la Iglesia, habría querido alguna vez estar vinculado, de cualquier manera que sea, a cualquier tipo de pecado material, sacrilegio material o irreverencia involuntaria?
Maxence Hecquard piensa que puede salir adelante pretendiendo que, donde no hay sacrilegio formal, no hay sacrilegio a secas. Este razonamiento no podría ser más falso. El sacrilegio material -al igual que cualquier pecado material- sigue siendo un acto intrínsecamente malo. El hecho de no llevar la responsabilidad moral de este acto es una cosa, pero no hay que olvidar que este desagrada, por su naturaleza misma, a Nuestro Señor Jesucristo.
Por eso, aun cuando los sedevacantistas que asisten a las misas una cum en la Fraternidad San Pío X estuvieran exentos de sacrilegio formal -lo que niego con vehemencia-, no deja de ser cierto que participan en celebraciones que repugnan a la Santísima Trinidad. ¿Qué libro de teología, qué encíclica o qué doctor de la Iglesia podría haberles hecho creer que un acto tan abominable sería para ellos fuente de gracias?
Nadie puede tomar parte en un sacrilegio material con el motivo de que sus intenciones son loables. Tal mentalidad no es ni más ni menos que la expresión de un subjetivismo doctrinal y moral. Desde el momento en que la naturaleza mala de una cosa es conocida, quien se recrea en ella no tiene excusa. Lo digo con tristeza: los autores de tales fechorías son culpables de irreverencia voluntaria, en el verdadero sentido del término.
El imposible fardo
Maxence Hecquard continúa en estos términos:
"Lo que vale para el sacerdote vale para el fiel, aunque sea experto en sedevacantismo. ¿Dónde está la voluntad de faltar a la reverencia debida a Dios cuando el fiel no-una cum asiste a una misa una-cum porque esto evita x kilómetros a su familia cansada, o cuando coloca a sus hijos en una escuela una-cum en ausencia de otra posibilidad? Los sacramentos no son simples formalidades, una especie de artilugios de nuestra religión. Son nutrientes más que nunca necesarios para nuestras almas en nuestra época turbulenta. Cuando se está seguro de su validez, se deben recibir tan a menudo como sea posible, incluso si se dan en celebraciones una-cum."
El autor persiste y firma: bien puede permitirse asistir a una misa que sabe que está manchada de un sacrilegio -y que por tanto desagrada a Dios- puesto que su intención subjetiva no sería faltar a la reverencia hacia la majestad divina, sino simplemente evitar unos cuantos kilómetros a su familia cansada. Dejo aquí voluntariamente de lado el tema de la escolaridad de los niños, que nos llevaría demasiado lejos de nuestro problema inicial.
Cuando Ananías y su esposa Safira vendieron su propiedad y decidieron, de común acuerdo, guardar secretamente una parte de ella, ¿lo hicieron con el propósito preciso de ofender conscientemente la majestad divina? Es evidente que solo deseaban disfrutar de su botín, pero fueron sin embargo acusados de haber mentido al Espíritu Santo antes de expirar al mismo momento a los pies de San Pedro.
Sí, efectivamente, los sacramentos son nutrientes más que nunca necesarios para nuestras almas en nuestra época turbulenta. Sin embargo -y es asombroso tener que recordar tal cosa a un hombre tan erudito-, los sacramentos solo producen frutos si se reciben lícitamente. Ahora bien, por naturaleza, una misa manchada de un sacrilegio material no puede ser lícita. Nunca la Iglesia podría haber aprobado la participación en tales oficios con el motivo de que los fieles que participan en ellos estaban animados de buenas intenciones.
Durante el gran cisma de Oriente, los católicos tenían la más estricta prohibición de recibir los sacramentos de parte de los cismáticos -si no es la confesión en caso de peligro de muerte inminente-. Si la excusa de nuestro amigo sede-lefebvrista no valía nada en aquella época, no vale nada hoy. ¿Dónde estaba entonces la voluntad formal de ofender a Dios en los católicos entonces ociosos y privados de sacramentos? La Iglesia católica no ha juzgado, a pesar de ello, este estado de hecho como un motivo legítimo y se contentaba con excomulgar a todos aquellos que osaban tomar parte en un sacrilegio. ¿Y qué decir de los japoneses que fueron privados del Cuerpo de Cristo durante varios siglos y que habrían estado felices de tener un lugar de misa lícito a unos pocos kilómetros de su casa, como es el caso de Maxence Hecquard?
Me habría, además, bien pasado de este argumento, pero puesto que él mismo lo invoca en primer lugar, me permito hacer lo mismo: en lugar de querer ahorrar unos kilómetros a su familia cansada, querido Maxence, ¿por qué no darles el buen ejemplo? ¿Es esta la mejor manera de enseñar a su esposa y a sus hijos el amor a la verdad? ¿Qué representa entonces la fatiga en comparación con la transmisión a su descendencia de una integridad moral irreprochable?
Una nueva regla moral
El autor continúa: "Decir que asistir a la misa una-cum constituye un pecado mortal es crear de la nada una nueva regla moral que los fieles no pueden soportar. ¿No es esta la falta que Nuestro Señor reprocha tan severamente a los fariseos? "Atan fardos pesados e insoportables y los imponen sobre los hombros de los hombres" (Mt 23, 4). "¡Ay de vosotros, expertos en la ley, que cargáis a los hombres con pesos que no pueden llevar!" (Lc 11, 46). Así ocurre con la acusación de cisma".
Es cómico escuchar a un hombre que da a la noción de irreverencia formal una definición hasta ahora desconocida acusarnos de inventar una nueva regla moral -que además, nos compara con fariseos-. Tales palabras no se sostienen, una vez más. Jamás, oh nunca jamás, hemos inventado nada. Al contrario, se trata solo de la aplicación de los principios morales bimilenarios de la Iglesia.
La doctrina católica nos enseña que el pecado es mortal cuando se reúnen los tres elementos siguientes: una materia grave, un pleno consentimiento y una plena conciencia. ¿Es el sacrilegio constitutivo de una materia grave? Sin duda, sí. El mismo Maxence Hecquard no puede negarlo, pero si lo hiciera, lo invitaría entonces a remitirse a la pregunta 276 del catecismo de San Pío X.
¿Aquellos que toman parte en ceremonias manchadas de sacrilegios son consentientes? Ahí también la respuesta es sí. Nadie los obliga a ello por la fuerza y ninguno de ellos, que yo sepa, es presa del sonambulismo.
¿Aquellos que toman parte en ceremonias manchadas de sacrilegios son plenamente conscientes de participar en ceremonias manchadas de sacrilegios? En el caso de Maxence Hecquard, la respuesta es sí. En lo que respecta a los demás, esto debe examinarse caso por caso. Yo mismo, habiendo frecuentado la Fraternidad San Pío X, no condeno a sus fieles de manera sistemática. La confusión puede ser inmensa, especialmente en esta época en que es casi necesario tener los conocimientos de un teólogo para tomar las decisiones correctas.
En cualquier caso, las condiciones del pecado mortal se reúnen en el caso de Maxence Hecquard y de todos aquellos que son perfectamente conscientes del aspecto sacrílego de las misas una-cum. Decir tales cosas no me encanta, y me habría abstenido de formularlas si no me hubieran obligado a ello.
Añado además que es mucho decir afirmar que los fieles no pueden soportar el peso de esta pretendida "nueva regla moral", en la medida en que, como hemos visto, los fieles orientales, japoneses y muchos otros lo han soportado durante siglos. Esto es tanto más indecente por parte de Maxence Hecquard al refugiarse detrás de tal excusa, puesto que dispone de un centro de misa no-una-cum a pocos kilómetros de su casa. Este peso, la Iglesia nunca ha temido, en cualquier caso, hacerlo llevar a sus fieles para que nunca tengan trato con los herejes y los cismáticos.
Compararnos con fariseos tampoco es muy agradable. Sobre todo porque aquí caemos en la más pura apreciación de un hombre que solo toma su subjetividad personal como brújula. Cualquiera puede -y los conciliares son campeones en la materia- tomar un versículo e intentar aplicarlo a todo y a cualquier cosa. Aún es necesario que la comparación sea justa y pertinente.
Pretensiones no asumidas
Maxence Hecquard continúa: "Mons. Guérard juzga al clero una-cum cismático. Otros lo dicen herético, porque reconocer la legitimidad de Francisco equivaldría a negar la infalibilidad del magisterio ordinario de la Iglesia. Cualesquiera que sean los matices, estas acusaciones valen la excomunión. El clero una-cum sería infrecuentable y llevaría a la perdición. Juzgando con razón que los sacramentos del clero Ecclesia Dei son dudosos e ignorando el "clero" conciliar, todo empapado de la herejía del Vaticano II, estos obispos, estos sacerdotes y estos fieles piensan que la Iglesia y la oblatio munda se limitan ahora a sus capillas. Lo piensan, pero no se atreven a decirlo, tan enorme es la afirmación y chocaría".
Ignoro quiénes son esos obispos, sacerdotes y fieles sedevacantistas que temen afirmar alto y fuerte que la Iglesia y la oblatio munda (en español, el sacrificio puro) se limitarían a nuestras capillas. Todos los que conozco están perfectamente cómodos con eso. ¿Qué hay de tan enorme o chocante? ¿Era más chocante o enorme que en Israel solo hubiera 7000 hombres que no hubieran doblado la rodilla ante Baal?
Algunos quizás encuentren esta comparación exagerada. Pero estas personas olvidan sin duda que San Vicente Ferrer no temía escribir que un falso papa era semejante a un ídolo: "Además, al obedecer a quien no es papa y al rendirle los honores papales, se viola el primer precepto de la primera tabla, en el cual se ordena: No adores a un dios extranjero, ni a un ídolo, ni a una estatua, ni a ninguna representación de lo que está en el cielo (Deuteronomio 5, 7-9). Ahora bien, ¿qué es un falso papa sino un dios extranjero, un ídolo, una estatua, una representación ficticia de Cristo?"
Lo más inverosímil en las palabras de Maxence Hecquard es que no se contenta con condenar la idea de que la Iglesia se limitaría ahora a nuestras capillas. También reprueba la idea de que la oblatio munda sería nuestro apanage exclusivo, pretendiendo así que esta permanecería en la Fraternidad San Pío X. ¿Cómo una cosa así sería siquiera concebible, puesto que él mismo reconoce que la misa una-cum está manchada de un sacrilegio? ¿Puede un sacrificio puro estar manchado de algo? Si la hostia permanece efectivamente inmaculada, no se puede hacer abstracción del contexto pecaminoso en el que es consagrada. ¿Podría decirse de un sacerdote que consagrara una hostia con el propósito de profanarla que su sacrificio es puro? La respuesta es obviamente no.
La irreprochable Fraternidad San Pío X
Maxence Hecquard intenta luego justificar a la Fraternidad San Pío X y su sacrificio puro manchado de un sacrilegio: "En filigrana se dibuja, por supuesto, la cuestión de la pertenencia a la Iglesia. La Iglesia es la sociedad de los creyentes. ¿Está exclusivamente compuesta por aquellos que tienen razón? ¿Aquellos que se equivocan están por ello mismo excluidos?
La respuesta de los teólogos es diferente. Santo Tomás explica que no es el error al que se adhiere lo que excluye al hereje de la Iglesia, sino que ha elegido conscientemente este error en lugar de recibir humildemente la enseñanza de la Iglesia (Suma Teológica 2a 2ae, 5, 3). Preferir su propia voluntad a la autoridad infalible de la Iglesia: he ahí la herejía (αίρεσις: acción de tomar, elección), he ahí la falta que separa de la sociedad de los creyentes. El cardenal Billot explica que la herejía es formal cuando esta autoridad de la Iglesia es suficientemente conocida (Tractatus de Ecclesia Christi, T. I, quaest. VII, thes. XI).
El católico que abraza un error pensando que es la doctrina de la Iglesia no es, por tanto, hereje, sino que simplemente está en el error. Se equivoca. ¿No es este el caso de muchos católicos conciliares que aceptan de buena fe el Vaticano II pensando que se trata de un concilio ecuménico católico? Hay, por tanto, aún muchos católicos en la Iglesia conciliar que no se podrían excluir de nuestra comunión sin imprudencia."
Desgraciadamente, el razonamiento sostenido aquí no es mucho más pertinente. Efectivamente, el hereje manifiesto se caracteriza por su rechazo obstinado a admitir verdades de fe sabiendo que son verdades de fe. Aquel que ignora tal punto de la doctrina católica sin culpa por su parte no está por ello separado de la Iglesia. No obstante, este argumento no vale nada en el caso de la Fraternidad San Pío X porque, aun cuando no fuera herética, sigue siendo cismática.
Para ser católico, la estructura fundada por Monseñor Lefebvre debe, no solo profesar la verdadera fe, sino también obedecer a las autoridades legítimas. Estas son dos condiciones sine qua non con las que nada ni nadie puede transigir.
Quiero como prueba la encíclica Quartus Supra de Pío IX: "La Iglesia católica, en efecto, siempre ha considerado como cismáticos a aquellos que se resisten obstinadamente a sus legítimos prelados, y sobre todo al Pastor supremo, y que se niegan a ejecutar sus órdenes e incluso a reconocer su autoridad. Los miembros de la facción armenia, habiendo seguido una parecida línea de conducta, nadie podría creerlos exentos del crimen de cisma, aun cuando no hubieran sido condenados como tales por la Autoridad Apostólica. En efecto, la Iglesia, así como lo han enseñado los Padres, es el pueblo reunido al sacerdote y el rebaño adherido a su pastor; de donde se sigue que el obispo está en la Iglesia, y que la Iglesia está en el obispo, y si alguien no está con el obispo ya no está en la Iglesia. Además, como hacía observar Pío VI, Nuestro predecesor, en sus cartas apostólicas, por las cuales condenaba la constitución civil del clero de Francia, a menudo la disciplina está tan unida al dogma, y tiene tal influencia en la conservación de su pureza, que los santos concilios no han dudado, en muchos casos, en golpear con anatema a los violadores de la disciplina y en separarlos de la comunión de la Iglesia. Los neo-cismáticos han ido aún más lejos, tan cierto es que no hay cisma que no invente alguna herejía para mostrar que tenía buenas razones para separarse de la Iglesia."
Pío IX es muy claro: no pueden ser eximidos del crimen de cisma aquellos mismos que se resisten obstinadamente a sus legítimos prelados y sobre todo al Pastor supremo, aun cuando no hubieran sido condenados como tales por la Autoridad Apostólica. "(...) si alguien no está con el obispo, ya no está en la Iglesia." Las palabras de este pontífice no pueden ser más claras. Tener una buena razón para desobedecer no es ni ha sido nunca una excusa válida.
Ahora bien, constatamos que la Fraternidad San Pío X se niega obstinadamente a someterse al hombre que reconoce como el Vicario de Jesucristo. Se condena así por su propio juicio. Si quiere absolutamente hacer de Pachapapa el Vicario de Jesucristo, que le obedezca.
Si, como señala el autor, el hereje es aquel que ha elegido conscientemente el error en lugar de recibir humildemente la enseñanza de la Iglesia, ¿cómo excusar este nido de galicanos? Puesto que prefiere su propia voluntad a la autoridad infalible de la Iglesia, cae en la herejía. Según la propia confesión de Maxence Hecquard, no pertenece por tanto a la sociedad de los creyentes.
Para convencer a este último, ¿es necesario aún invocar al mismo San Pío X? "Cuando se ama al Papa, dice, no se limita el campo en el que puede y debe ejercer su autoridad, no se erige por encima de la autoridad del Papa la de otras personas, por instruidas que sean, que están en desacuerdo con el Papa. Personas que, cualquiera que sea su ciencia, no son en absoluto santas, porque aquel que es santo no puede estar en desacuerdo con el Papa." (Discurso a los sacerdotes de la Unión apostólica, 12 de noviembre de 1912. Citado en: Acta Apostolicae Sedis, vol. 4, p. 695.)
Si tuviéramos que hacer la lista de todas las decisiones arbitrarias e ilegales a la luz del derecho canónico tomadas por la Fraternidad San Pío X, tendríamos que pasar días enteros en ello. ¿Cómo, pues, Maxence Hecquard puede pretender que nuestros enemigos son católicos cuando sabe perfectamente que rechaza conscientemente toda enseñanza en materia de obediencia?
Si tal es el caso, ¿por qué no comulgar entre los cismáticos orientales que están igualmente persuadidos de lo bien fundado de su posición? Desde el momento en que se quiere excusar la transgresión por la subjetividad bien fácilmente corruptible del juicio, es posible redefinir completamente los límites de lo aceptable.
No es necesario ir más lejos: no someterse a la enseñanza de la Iglesia bajo pretexto de buenas razones no cambia nada el hecho de ser cismático y herético. Para mantener su posición inestable, la Fraternidad San Pío X está forzada a pisotear la doctrina católica y lo sabe. Apostar por esta institución defectuosa para hacer su salvación es apostar por un animal cojo en una carrera de caballos.
Maxence Hecquard añade luego: "La Fraternidad San Pío X tiene dificultades para encontrar el acuerdo práctico con la Roma herética pregonado por Mons. Fellay precisamente porque rechaza el fondo de la reforma del Vaticano II. Acusarla de adherirse al cisma conciliar porque aún no ha comprendido esta cuestión de la autoridad y porque celebra una cum es absurdo. También es una injusticia."
Este extracto es la quintaesencia perfecta de la confusión que reina en la mente de los simpatizantes de la Fraternidad San Pío X. Sería una injusticia acusarla de adherirse al cisma conciliar cuando -según la propia confesión del autor- busca un acuerdo práctico con la Roma que sabe que es herética. ¿Qué es, pues, en sustancia, la voluntad de asociarse y de obrar en paz con una nueva religión sino un cisma?
Y como decía Mons. Dolan: "La posición de la Fraternidad es incoherente, además errónea, y por tanto desagradable a Dios. Además, no resistirá la prueba del tiempo. Lógicamente, la Fraternidad está condenada a unirse a los modernistas puesto que los considera como los poseedores de la autoridad de Cristo. Y de hecho, ahora se resiste a la idea de consagrar nuevos obispos para no atraerse su ira."
En cuanto a pretender que la Fraternidad San Pío X no ha comprendido esta cuestión de la autoridad, es falso. Conoce perfectamente los dos extractos que acabo de citar -y muchos otros más- pero prefiere pasar por alto. Se justifica a sí misma como cualesquiera herejes y cismáticos se justifican. Su actitud es tanto más grave cuanto que, para defender su posición, prefiere atacar el dogma de la infalibilidad reduciéndolo a una piel de zapa y acusando a antiguos pontífices de haber profesado ellos mismos la herejía.
¿Dónde está, pues, la buena fe cuando se elige calumniar a verdaderos papas en lugar de hacer la guerra a Francisco Iscariote? Es una traición inexcusable la de reconocer, como el Vicario de Nuestro Señor, a un apóstata que ha llevado la abominación tan lejos. ¿Qué clase de católicos dará la Fraternidad San Pío X a la Iglesia, una vez superada la crisis? ¿Tendrá el soberano pontífice en permanencia pequeños kapos sobre la espalda que repasen detrás de él para validar sus decisiones? He ahí el legado de la secta galicana: el veneno de la desobediencia.
Lo afirmo, pues, alto y fuerte: somos enemigos mortales. Unos quieren arrastrarnos a una parodia de catolicismo mientras que otros se baten aún por preservar la integridad de la doctrina sin compromiso de ninguna clase. Que nos juzguen fuera de la Iglesia, ¿qué nos importa? Si estar sometidos -aún más falsamente- al peor de todos los apóstatas les abre las puertas del cielo, no debería sernos mucho más difícil entrar por la ventana.
Una mentira virtuosa
Antes de concluir, queda aún un punto esencial por evocar: el significado del una cum.
Todos hacemos un atajo al decir "Una Cum Francisco" porque la fórmula exacta pronunciada en el canon de la misa es "una cum FAMULO TUO papa Nostro Francisco". Famulo Tuo significa "tu servidor" y, sin gran sorpresa, "papa nostro" quiere decir "nuestro papa".
En todas las misas de la Fraternidad San Pío X a las que asiste Maxence Hecquard, este afirma, pues, públicamente ante Dios que el hereje notorio Bergoglio -al que reconoce como tal- es el servidor y el vicario de Cristo.
Él mismo afirma, sin embargo, en el mismo artículo: "Por supuesto, es difícil invocar el beneficio de la ignorancia para los jefes de la revolución conciliar, es decir, los papas del Vaticano II, que a menudo han explicado que se colocaban conscientemente en ruptura con la Iglesia de ayer. Su herejía aparece, por tanto, formalmente constituida y es legítimo juzgarlos heréticos y decaídos de toda autoridad."
Dice aún: "Más tardíamente que otros, me he dado cuenta del papel deletéreo del apego a una jerarquía felona en el desarme de los resistentes."
Bergoglio sería así, durante el tiempo de la misa, el servidor y el vicario de Jesucristo -al que lógicamente se le debe obediencia- para, de repente, convertirse, el resto del tiempo, en un felón herético decaído de toda autoridad. Si afirmar ante los hombres que Francisco Cero es el papa cuando se es sedevacantista es una mentira, con mayor razón lo es -e incluso un grave sacrilegio- pretenderlo ante Dios. Y si aquellos que se arreglan de este modo con su conciencia tienen la impresión de mentir a simples criaturas al pretender que un impostor es el soberano pontífice legítimo, ¿por qué se creen exentos del mismo pecado cuando se dirigen a su Creador?
Es bastante irónico constatar que en el artículo de la Suma Teológica citado por Maxence Hecquard, Santo Tomás plantea la siguiente objeción: "Un canon siguiente establece que aquel que permitiera a los judíos ejercer cargos públicos 'sería excomulgado como sacrílego'. Pero los cargos públicos no tienen ninguna relación con lo sagrado. Por tanto, el sacrilegio no debe definirse por la violación de una cosa santa."
A lo que responde: "El pueblo cristiano es un pueblo santo, santificado por la fe y los sacramentos de Cristo. 'Habéis sido lavados, habéis sido santificados', dice San Pablo (1 Co 6, 11). Y San Pedro le hace eco (1 P 2, 9): 'Vosotros sois una raza elegida, una nación santa, un pueblo adquirido.' Es hacer ofensa al pueblo cristiano poner a su cabeza a infieles, y es razonable llamar sacrilegio a esta irreverencia con respecto a una santidad verdadera."
Si Santo Tomás llama sacrilegio el hecho de que infieles sean puestos a la cabeza del pueblo cristiano en los asuntos del mundo, con mayor razón llamaría sacrilegio el hecho de tener a la cabeza de la Iglesia a un hereje notorio al que se calificaría además de "servidor de Dios". El doctor angélico precisa incluso que es "razonable llamar sacrilegio a esta irreverencia con respecto a una santidad verdadera".
Por otra parte, aun cuando el pueblo cristiano pusiera a su cabeza a no católicos para dirigirlo, ¿los elegiría muy precisamente en razón de su rechazo a Nuestro Señor Jesucristo? Según los criterios de Maxence Hecquard, no habría, por tanto, ahí sacrilegio. Sin embargo, Santo Tomás afirma lo contrario, prueba de que el primero no ha comprendido las palabras del segundo. Esto acaba aún de demostrar -si es que ello fuera necesario- que la irreverencia de la que habla Maxence Hecquard no es más que una pura invención por su parte. No se peca haciendo el mal porque se desea actuar mal. Se peca haciendo el mal porque se tiene conciencia de que se trata de un mal y se elige, sin embargo, permitírselo.
Algunos esperan aún escapar a la realidad confortándose con la idea de que la expresión "una cum" no significaría "en comunión" sino simplemente "para", de tal suerte que ofrecerían un sacrificio manchado de un sacrilegio a Dios para su servidor y su vicario. Además de lo absurdo de la cosa y del hecho de que se complacen en una mentira descarada ennobleciendo, durante el tiempo de una misa, a un horrible apóstata, esto es escandaloso. Peor aún, el magisterio enseña claramente que rezar "por" el papa significa estar en comunión con él.
Inútil elaborar una larga exposición sobre la lengua de Cicerón, la encíclica Ex Quo Primum de Benedicto XIV, publicada el 1 de marzo de 1756, pondrá a todos de acuerdo: "Aparece, pues, claramente que, mucho antes de la época de Acacio, es decir, durante los primeros siglos, el nombre del pontífice romano estaba inscrito en las tablillas sagradas de los griegos y que era costumbre rezar por él durante las misas. Pero sea cual sea el desarrollo de este capítulo controvertido de la erudición eclesiástica, nos basta con poder afirmar que la citación del Pontífice romano durante la Misa y las oraciones recitadas por él durante el Sacrificio deben ser consideradas y son un signo explícito por el cual el Pontífice es reconocido como Jefe de la Iglesia, Vicario de Cristo, Sucesor de San Pedro, y que se trata de una profesión de corazón y de voluntad firmemente arraigada en la unidad católica. Es exactamente lo que Cristiano Lupo advierte, al escribir en su obra sobre los Concilios (volumen 4, edición de Bruselas, p. 422): "Esta citación es la imagen más alta y más notable de la comunión"."
Así, aquellos que ofrecen, a imagen de Maxence Hecquard, el santo sacrificio una cum Bergoglio ofrecen ante Dios la imagen más alta y más notable de la comunión con este apóstata.
De igual modo -y siempre en la misma encíclica- Benedicto XIV dice aún: "En estos decretos sinodales, que también han sido confirmados tras madura reflexión por nuestro predecesor de venerable memoria, el papa Benedicto XIII, leemos las siguientes palabras bajo el título De Fide Catholica: 'Por la misma razón -es decir, para alejar toda sospecha de cisma- y PARA DEMOSTRAR UNA COMUNIÓN SINCERA DE LOS MIEMBROS CON LA CABEZA, ha establecido y ordenado, so pena de sanciones a infligir a la discreción del Ordinario, que en todas partes en los dípticos sagrados se mencione al Pontífice romano, en particular durante la celebración del sacrificio de la Misa y en la traducción de las ofrendas: y esto debe hacerse con palabras claras y distintas por las cuales nadie más que el obispo universal de Roma pueda ser designado'."
Y más adelante, este mismo soberano pontífice añade: "En efecto, los herejes y los cismáticos están sometidos a la censura de una excomunión especial por la ley Can. De Liguribus (23, quest. 5), y del Can. Nulli (5, dist. 19). Los Canones sagrados de la Iglesia prohíben rezar públicamente por los excomulgados, como leemos en A Nobis (cap. 4, no. 2) y en el cap. Sacris, De Sententia Excomunicationis. Aunque nada prohíbe rezar por su conversión, no se debe, sin embargo, permitir que sus nombres sean pronunciados en la oración solemne del Sacrificio."
En su encíclica Quartus Supra, Pío IX enseñaba igualmente la misma doctrina: "Por esta razón, Juan, obispo de Constantinopla, declaró solemnemente -y todo el octavo concilio lo hizo más tarde- que los nombres de aquellos que han sido separados de la comunión con la Iglesia católica, que son aquellos que no estaban de acuerdo en todas las cuestiones con la Sede Apostólica, no deben ser leídos durante los misterios sagrados."
Que nadie tenga, pues, la audacia de minimizar el alcance del una cum, empezando por la Fraternidad San Pío X. Esta pretende, en efecto, como de costumbre, todo lo contrario y se permite así pisotear esta encíclica que no le conviene.
Conclusión
¿Qué tiene, pues, que ganar Maxence Hecquard al jugar a dos bandas?
Si Francisco Iscariote es el papa, al asistir a misas no-una cum, comete un acto cismático y sacrílego. Si Francisco Iscariote es un impostor, al asistir a misas una cum, comete, ahí también, un acto cismático y sacrílego.
Que se diga: es el cuerpo el que se une a la cabeza, y no la cabeza la que se une al cuerpo. Así -y como dice tan bien Benedicto XIV-, aquel que participa en misas una cum Bergoglio se une a él de una manera mística en su calidad supuesta de vicario de Cristo. Por tal acto, el unacumista forma parte integrante de la secta modernista, sea cual sea la manera en que trate de arreglárselas con su propia conciencia.
Una vez más, no excluyo que pueda haber, en el seno de la Fraternidad San Pío X, almas de buena voluntad presas de la confusión. Solamente, excluyo -entre otros- de esta categoría a aquellos que tienen perfecta conciencia de la vacancia de la Santa Sede y que saben que las ceremonias realizadas en comunión con el vicario de Satán están manchadas de sacrilegios.
La Fraternidad San Pío X niega expresamente la doctrina católica y constituye el último baluarte de la secta modernista, impidiendo así que las almas escapen de ella. En su calidad de oposición controlada, es de una absoluta necesidad para los secuaces del diablo que dirigen el Vaticano. Su acción nunca ha consistido en reconocer y resistir, sino en refunfuñar y arrastrarse; ladra contra sus amos, pero siempre acaba dando la pata.
Por medio de esta capa de ortodoxia con la que ha logrado adornarse, la secta galicana da a Francisco y a sus predecesores la única cosa que verdaderamente han necesitado: la credibilidad. En efecto, solo porque siempre se les ha concedido el título de vicario de Jesucristo han logrado los falsos papas modernistas demolerlo todo durante 60 años.
Al rechazar la legitimidad de tales criminales, los sucesores de Monseñor Lefebvre podrían haber encarnado un real contrapeso. Al aterrorizar al pseudo-clero del Novus Ordo, podríamos haber llenado nuestras filas a medida que las suyas se vaciaban. Podríamos haber, todos juntos, encarnado una Iglesia fuerte -aunque desprovista de papa- y derrocar el Vaticano II en poco tiempo.
En lugar de eso, la Fraternidad San Pío X ha preferido complacerse en su decadencia doctrinal. Enorgulleciéndose de valer más que los sedevacantistas, solo hace oficio de vulgar leprosa ante los conciliares. Estos desconfían de ella, puesto que les dice: "Confiad en nosotros, si os decimos que Francisco es el papa, es que es el papa."
¿Por qué poner luego en tela de juicio tal certeza? Si vuestro enemigo está de acuerdo con vosotros, no hay lugar para debatir. Es así como esta institución, inicialmente fundada para hacer de baluarte contra el modernismo, se ha convertido en su mejor aliado. Desacredita la verdad, razón por la cual este intento de rehabilitación de Maxence Hecquard es escandaloso.
¿Cómo puede, además, este hombre pretender que "se dirige especialmente a sus amigos de la Fraternidad San Pío X, a fin de ayudarles a recorrer el camino pedregoso hacia la luz", que "la Fraternidad San Pío X es próspera en número, pero no sabe adónde va", que "está en panne de dirección", que "debemos rogar a Dios que la ilumine", o aún que "los sedevacantistas no son los enemigos de la Fraternidad San Pío X" y que "deben mostrarle la vía por la pureza de su doctrina"? ¿Qué luz, qué pureza de doctrina Maxence Hecquard desea mostrar a la Fraternidad San Pío X cuando él mismo la conforta participando en sus misas manchadas de sacrilegios? ¿Se puede verdaderamente curar la confusión con más confusión?
Es sedevacantista aquel que no tiene ningún vínculo con el usurpador de la Santa Sede. Este no es, desgraciadamente, el caso de Maxence Hecquard que ofrece el sacrificio precioso en comunión con este impío. No basta con taparse los oídos en el momento en que el sacerdote pronuncia el nombre de Bergoglio para inscribir su nombre en la lista de los únicos y verdaderos resistentes.
Creerse sedevacantista porque uno se identifica con un sedevacantista no es otra cosa que wokismo. Un individuo cualquiera que sea no es lo que pretende ser desde el momento en que la realidad se opone a su juicio. Así, nadie puede decir "sede vacante" al tiempo que está en comunión con la carne de pestilencia. De la misma manera que Jean-Michel seguirá siendo siempre Jean-Michel a pesar del hecho de que se haga llamar Chantal, Maxence Hecquard seguirá siendo conciliar mientras comulgue con el apóstata Bergoglio.
Por último, él que nos oponía las palabras de Cristo para compararnos con los fariseos, que no me tome a mal que le oponga las palabras de Elías para compararlo con los adoradores de Baal (únicamente aquellos que no tenían la intención de adorar a su ídolo con irreverencia formal, por supuesto): "Entonces Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: "¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Yahveh es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él" (1 Reyes 18, 21)."
Pueda nuestro hermano extraviado volver al camino de la recta razón, él que tanto tiene que aportarnos. Actuemos como buenos cristianos y roguemos para que Dios le dé la fuerza de reconocer su error. Yo mismo, me complace mucho escucharlo expresarse y no deseo más que su bien. Que no se equivoque de enemigo. Solo hay uno: el pecado cuya putrefacción ha alcanzado hasta lo más profundo del corazón del hombre.
Artículo original disponible en: https://drive.google.com/file/d/1nW7FDgvXjOrnxUwDYWg3WulnHLwweaQM/view